Berones en la ciudad de Tricio

¿Por qué hablar de los berones en la basílica? Acaso fue en su día un arcaico nemeton berón, es decir, ¿estamos en lo que fue un santuario o un lugar onfálico sagrado donde se manifestaba la voluntad divina? Pues lo más probable es que no.
Si tuviéramos que buscar un espacio sagrado del pueblo berón, deberíamos ir en torno a alguna arboleda de robles o encinas a la que los druidas hubieran dotado de carácter sacro. Allí hubieran venerado a Dercetius, el que todo lo ve, un dios solar que otea desde el monte, hoy llamado, San Lorenzo. Y al dios Tullonium en la Sierra de Toloño, a las Matres, divinidades de la fertilidad de la tierra y del agua, al innombrable dios Lugus, a Epona, diosa ecuestre protectora de los difuntos, y por la que el caballo fue considerado un animal psicopompo, conductor o guía de las almas al más allá. Esta función le correspondía con los fallecidos, que eran incinerados, en tiempos de paz. Al guerrero caído en combate, muerte muy honorable, se le dejaba en el campo de batalla para que el buitre condujera su alma hasta la divinidad. Si el Sol fue un astro central en las divinidades beronas, la Luna le acompañaba, y por ello danzaban y bailaban a las puertas de sus hogares en las noches de plenilunio.


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